La inteligencia emocional: ¿Realmente sirve?
Hoy en día es raro no oír hablar de inteligencia emocional. Parece que ya no solo importa que los niños se sepan las tablas de multiplicar o las capitales, sino que también tienen que saber qué hacer con lo que sienten. Pero claro, como estudiante, te planteas si esto es una base científica real o si nos hemos dejado llevar por una corriente pedagógica que está de moda.
Si miramos de dónde viene todo esto, hay que nombrar a Peter Salovey y John D. Mayer. Ellos fueron los primeros en definirla como la capacidad para reconocer y regular nuestras emociones y las de los demás. Un poco después, Daniel Goleman (1995) hizo que el concepto explotara a nivel mundial. Él decía que la empatía y la motivación son igual de importantes que el coeficiente intelectual. Desde entonces, se ha debatido mucho sobre cómo aplicar esto en el aula, pero lo que está claro es que el interés por el bienestar de los alumnos ha cambiado el paradigma. Desde un punto de vista académico, la inteligencia emocional no es algo vago. Se trata de habilidades muy concretas: identificar sentimientos, usarlos para pensar mejor y saber controlarlos. Aunque Goleman tiene una visión un poco más amplia que incluye las habilidades sociales, la idea de fondo es la misma. Se trata de procesar la información emocional para que no nos bloquee. En mi opinión, esto es clave en primaria, porque es cuando los niños están empezando a entender quiénes son y cómo relacionarse con el resto.
Lo bueno es que hay datos que respaldan todo esto. Por ejemplo, autores como Extremera (2020) han encontrado una relación muy clara entre estar bien emocionalmente y sacar mejores notas. No es magia, es que un niño que sabe gestionar su frustración o su ansiedad rinde mucho mejor que uno que se siente desbordado. Además, en el día a día de un aula, se nota mucho cuando se trabajan estas competencias. Ayuda a que haya menos peleas y a que la convivencia sea más sana, porque los alumnos aprenden a ponerse en el lugar del otro. Otro punto que me parece fundamental es la resiliencia. En primaria, los niños se enfrentan a sus primeros "fracasos" académicos o sociales, y la inteligencia emocional les da herramientas para no rendirse. Mattingly y Kraiger (2019) ya demostraron que estas habilidades se pueden entrenar; no es algo con lo que naces si no que se debe desarrollar. Se pueden diseñar actividades y dinámicas para que los niños mejoren su autoestima y su comunicación sin necesidad de que sea una asignatura aparte, integrándolo en la rutina de clase.
Un ejemplo bastante claro de cómo se puede aplicar la inteligencia emocional en niños es el estudio realizado por Arce Gutiérrez et al. (2023), publicado en la revista Ciencia Latina. En esta investigación no se limitaron a analizar el concepto de forma teórica, sino que llevaron a cabo una intervención real con niños de educación infantil, lo que permite observar cambios concretos en su comportamiento.
El programa que utilizaron, llamado “Me divierto, pienso y expreso”, se basaba en actividades prácticas como el juego, el movimiento corporal y la expresión de emociones. Esto es importante porque en estas edades los niños no aprenden solo escuchando, sino experimentando y participando activamente. Para saber si el programa de verdad servía para algo, se optó por un diseño de pretest y postest. Básicamente, lo que se hizo fue evaluar a los niños justo antes de empezar para ver de qué nivel de inteligencia emocional partían. Una vez que terminó toda la intervención, se les volvió a pasar la misma evaluación. Al hacerlo así, es mucho más fácil comparar los datos de antes y después, comprobando de forma clara si los alumnos habían mejorado o si se habían quedado igual después de todas las actividades.
Figura 1: Distribución de los niveles en porcentaje antes y después de las pruebas en el grupo experimental, en relación a la inteligencia emocional.
Al observar los resultados tras aplicar el programa "Me divierto, pienso y expreso", lo primero que salta a la vista es el cambio en las gráficas. Se ve claramente cómo las barras de los niveles altos de inteligencia emocional, que están en naranja, suben bastante, mientras que las de los niveles bajos van bajando. Básicamente, hubo un movimiento de todo el grupo hacia puntuaciones mucho mejores. Esto nos dice que, después de participar, los niños empezaron a mejorar en cosas tan importantes como entender qué sienten o cómo llevarse mejor con el resto de la clase. No fue algo que le pasó a unos pocos alumnos, sino que fue una mejora general.
Lo bueno es que esto no se queda solo en una impresión visual. Para estar seguros de que no fue casualidad, se hizo un análisis estadístico (usando la famosa t de Student) que confirmó que estos cambios tienen validez científica. Es decir, que los resultados no se deben al azar, sino que el programa realmente tuvo un impacto. Pero, sinceramente, más allá de los números y las gráficas, lo que de verdad importa es cómo se traduce esto en el día a día del aula. Que suban los niveles de inteligencia emocional significa, en la práctica, que esos niños ahora gestionan mejor sus enfados, saben decir lo que les pasa y se relacionan de una forma mucho más sana.
Al final, cuando miras las gráficas, no solo ves estadísticas, sino que ves la evolución emocional de los niños. Situaciones que antes les costaba un mundo manejar, como una pelea por un juguete o un momento de frustración, ahora las resuelven con mayor capacidad de adaptación. Este tipo de trabajos son fundamentales porque aportan una evidencia práctica que a veces falta en educación. No se trata solo de decir que la inteligencia emocional es buena porque sí, sino de demostrar con datos reales que, si se trabaja bien desde pequeños, se consiguen cambios que se pueden ver y medir.
Para terminar este post, creo que la inteligencia emocional es un apoyo necesario en los colegios. Aunque a veces se use el término con demasiada ligereza, las investigaciones de autores como Mayer, Salovey o Goleman nos dicen que es un factor determinante para el desarrollo. Al final, educar en primaria no es solo llenar cabezas de datos, sino darles recursos para que sepan manejarse en la vida. Saber entender lo que uno siente es, posiblemente, el recurso más útil de todos.
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